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{Gargantuario. Nuevo poemario de los cien gaiteros del delirio}

{ Libro de odas y versos escritos en las paredes de la Taberna del Olvido. }

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GARGANTUARIO - NUEVO POEMARIO DEL OLVIDO

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    Inicio > Historias > La injusticia

    La injusticia

    Por: Dámaso Alonso

    Negra sombra

    ¿De qué sima te yergues, sombra negra?
    ¿Qué buscas?
    Los oteros,
    como lagartos verdes, se asoman a los valles
    que se hunden entre nieblas en la infancia del mundo.
    Y sestean, abiertos, los rebaños,
    mientras la luz palpita, siempre recién creada,

    mientras se comba el tiempo, rubio mastín que duerme
    a las puertas de Dios.

    Pero tú vienes, mancha lóbrega,
    reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas
    pupilas, proyectadas
    como dos meteoros crecientes de lo oscuro,
    cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
    flagelando las cumbres
    con cabellos de sierpes, látigos de granizo.

    Llegas,
    oquedad devorante de siglos y de mundos,
    como una inmensa tumba,
    empujada por furias que ahincan sus testuces,
    duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
    que la terneza ignoran.

    Sí, del abismo llegas,
    hosco sol de negruras, llegas siempre,
    onda turbia, sin fin, sin fin manante,
    contraria del amor, cuando él nacida
    en el día primero.

    Tú empañas con tu mano
    de húmeda noche los cristales tibios
    donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando
    apenas
    era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
    y pones en la nítida mirada
    la primer llama verde
    de los turbios pantanos.

    Tú amontonas el odio en la charca inverniza
    del corazón del vejo,
    y azuzas el espanto
    de su triste jauría abandonada
    que ladra furibunda en el hondón del bosque.

    Y van los hombres, desgajados pinos,
    del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
    rebotando en las quiebras,
    como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres,
    como blasfemias que al infierno caen.

    ... Hoy llegas hasta mí.
    He sentido la espina de tus podridos cardos,
    el vaho de ponzoña de tu lengua
    y el girón de tus alas que arremolina el aire.
    El alma era un aullido
    y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.

    Hiere, hiere, sembradora del odio:
    no ha de saltar el odio, como llama de azufre,
    de mi herida.
    Heme aquí:
    soy hombre, como un dios,
    soy hombre, dulce niebla, centro cálido,

    pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
    la ternura.

    Podrás herir la carne
    y aun retorcer el alma como un lienzo:
    no apagarás la brasa del gran amor que fulge
    dentro del corazón, bestia maldita.

    Podrás herir la carne.
    No morderás mi corazón,
    madre del odio.
    Nunca en mi corazón,
    reina del mundo.


    2005-02-27 01:00 | 0 Comentarios


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