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{Gargantuario. Nuevo poemario de los cien gaiteros del delirio}

{ Libro de odas y versos escritos en las paredes de la Taberna del Olvido. }

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GARGANTUARIO - NUEVO POEMARIO DEL OLVIDO

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    Inicio > Historias > Las gentes de Cortés

    Las gentes de Cortés

    Por: José Santos Chocano

    Hernán Cortés el conquistador en Veracruz - Diego M. Rivera

    Vino del mar el grupo de hombres blancos y hermosos,
    más fuertes que titanes, más altos que colosos,
    que en la playa aquel día surgieron de repente
    como una visión rara.

    Tenía uno en la frente
    un lucero; otro héroe blandía en la mirada
    un rayo, que era como la hoja de una espada;
    otro, encima del pecho, la cruz; otro, en la mano,
    un halcón de nobleza; y otro un laurel pagano;
    todos vaciados eran como en un molde; todos
    se entendían al simple contacto de sus codos;
    todos tenían su alma bajo del mismo cuño,
    y se apretaban como los dedos en un puño.

    El capitán lucía por signo de grandeza
    un sol, como aureola, detrás de la cabeza;
    mostraba una caricia perpetua de ternura
    en el tornasolado metal de su armadura;
    y si los pies movía, dejaba como huella
    una flor... una estrella..., y una flor... una estrella...
    --Y bien ¿para qué naves?

    En la extensión remota
    del mar se balanceaba la aventurada flota,
    como si recordase, desplegando en los cielos
    sus lonas, el simbólico adiós de los pañuelos
    con que madres, hermanas, novias, en sus dolores,
    despidieron al grupo de los conquistadores.
    --¿Para qué naves?

    Todos tendrán la misma suerte.
    El regreso es infame... La victoria o la muerte.
    Y, como en una de esas hazañas a que Homero
    consagra sus mejore exámetros de acero,
    Hernán Cortés, a modo de un dios del paganismo,
    manda quemar sus naves.

    El encrespado abismo
    del mar hincha sus olas con regocijo; y luego
    que se enrosca en las naves la serpiente del fuego,
    cada ola que lame los pies de los soldados
    tiene sobre la arena leños carbonizados.
    El héroe con los ojos sin fin y alta la frente,
    se queda pensativo, mirando largamente
    el desfile, que es como de penachos y golas,
    de las espumas blancas sobre las negras olas;
    y, de súbito, lleno de la fe más segura,
    clava los ojos contra las selvas de la altura
    que se encrespan encima de los riscos; se siente
    ungido de gloria; y, ante su brava gente,
    extiende como un guía, hacia el confín lejano,
    con gesto majestuoso, la imperativa mano.

    Estremécese el grupo; ruge el león de España;
    y un tropel de caballos, penetra en la montaña...


    2004-04-18 01:00 | 0 Comentarios


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