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{Gargantuario. Nuevo poemario de los cien gaiteros del delirio}

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GARGANTUARIO - NUEVO POEMARIO DEL OLVIDO

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    Inicio > Historias > En el centenario de Federico García Lorca

    En el centenario de Federico García Lorca

    Por: José Luis Palma Gámiz

    Córdoba (España)

    Donde las rosas marchitas
    fueron ayer enterradas,
    hoy cavan duras piquetas
    los torvos gallos del alba,
    mientras por el monte oscuro
    todo fuego y todo agua
    baja Federico, triste,
    dentro de su pena amarga.

    Va conducido entre bueyes
    que visten por cuerno, espadas,
    con los charoles enhiestos
    que llenan sus entresijos
    con sesos de calabaza.

    Soledad de los Montoya,
    la Camborio más gitana,
    la de trenzas en guirnalda
    y caderas de garrafa,
    va siguiéndole los pasos
    entre sueños de baranda,
    con lágrimas en los ojos
    y la sangre en su garganta.

    Sus firmes muslos se aferran
    a la potranca de nácar,
    la de cascos renegridos,
    la de crin de estopa blanca.
    Va llorando Soledad
    su soledad más gitana,
    lágrimas de cascabel
    con el regusto de albahaca,
    tiñendo el campo de hiel
    y de dolor la mañana.

    Federico García Lorca - muerte¡Ay Federico García!
    ¿pero qué han hecho de ti?
    ¿por qué han quebrado tu talle?
    tu fina estampa serrana,
    voz de clavel varonil
    que cantaba siquiriyas
    en las noches que amasabas
    tu aceituna y tu jazmín
    por los bordos de amapolas,
    ahora negros crisantemos,
    de la vega del Genil.

    Hoy las fuentes manan sangres,
    sangres de Benamejí,
    que no son sangres de Heredias
    que es blanca leche de mí,
    de mis pechos desgarrados
    que están llorando tu muerte
    poeta de los gitanos
    lejos del Guadalquivir.

    No te asustes Federico
    no contengas el aliento
    mira a la luna que brilla,
    la muerte es solo un momento
    que te lleva a ningún sitio
    que te junta con tus muertos.

    En las arenas del cielo
    con sus toros de Guisando
    Ignacio espera impaciente
    para oír tu último canto
    y así pintarte en el aire
    molinetes y verónicas
    de franela y palisandro.
    Y Antonio Torres Heredia,
    el que fue de los Camborio
    su gitano de tragedia,
    el de la vara de mimbre
    que contigo iba a los toros,
    ya está adornando el camino
    que te llevará glorioso,
    a los cármenes de azúcar
    donde suenan caracolas
    en las fuentes y los pozos.

    Soledad,
    ¡No me abandones
    en las aguas de este río!
    Soledad,
    ¡mira mis ojos,
    muerde mi pecho vacío!
    Soledad
    besa mi boca
    con tus labios de jacinto;
    Soledad de los Montoya,
    soledad de mi delirio,
    soledad de los gitanos
    que huyen por el monte frío.
    Soledad
    hunde tu boca
    en mi pecho sin sentido
    clava en mi frente tu faca
    mete tu lengua en mi oído
    lava mi cuerpo en tu alcoba
    Soledad,
    ¡por Dios Bendito!
    Soledad
    ¡no lo consientas!
    ¡Tápame bajo tu ropa!
    ¡Cúbreme con tu corpiño!
    No permitas que lo hagan
    no dejes que me afusilen
    cuatro cabrones de tropa
    y un general malnacido.

    En las últimas esquinas,
    de sus calles de Granada,
    tornó sus ojos vencidos
    por la angustia derramada,
    para pedirle a la luna
    que en su amor de fría plata
    siga alumbrando a la Alhambra
    y que siga enamorada
    que el sol tiene allí su casa,
    que allí vivió sus amores
    de azucenas y esmeraldas
    que allí suben las Manolas,
    las de la calle de Elvira
    que mira a Sierra Nevada,
    las que se mueren de amor
    entre palomas y alondras,
    las que pasean su dolor
    por el Darro envuelto en olas,
    las que lloran en la sombra,
    las cuatro y las tres Manolas
    las tres y las cuatro solas.

    El horizonte de perros
    que ladran lejos del río
    le hacen revivir las noches
    de sus amores perdidos,
    con las mozuelas casadas
    de suaves pechos de lirio
    de pieles de caracolas,
    de brazos adormecidos
    de muslos que se desbocan
    como peces sorprendidos,
    corriendo locos de amor
    sin bridas y sin estribos.

    Lleva sus brazos abiertos
    abrazando al infinito,
    lleva sus ojos cerrados
    con la Granada que ha visto,
    que hoy, ni el sol en la Alhambra,
    ni la luna entre sus mirtos,
    brillan como la palabra
    que cantaba Federico.

    ¿Eran cinco de la tarde...?
    o ¿fueron cinco los tiros
    que dejaron tiritando
    sus verdes carnes de olivo
    en besanas andaluzas,
    con rejones enclavados
    en su pecho adolorido?

    Y la luna que se iba
    del amanecer umbrío
    volvió sus ojos llorosos
    a los campos de los tiros,
    donde cuernos de hojalata
    se tiñen rojos de vino,
    desparramando inocentes,
    sangre y voz de Federico.


    2004-04-07 01:00 | 0 Comentarios


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