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{Gargantuario. Nuevo poemario de los cien gaiteros del delirio}

{ Libro de odas y versos escritos en las paredes de la Taberna del Olvido. }

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GARGANTUARIO - NUEVO POEMARIO DEL OLVIDO

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    Inicio > Historias > Cementerio judio

    Cementerio judio

    Por: Federico García Lorca.

    Las alegres fiebres huyeron a las maromas de los barcos
    y el judio empujó la verja con el pudor helado del interior de la lechuga.
    Los niños de Cristo dormían,
    y el agua era una paloma,
    y la madera era una garza,
    y el plomo era un colibrí,
    y aun las vivas prisiones de fuego
    estaban consoladas por el salto de la langosta.

    Los niños de Cristo bogaban y los judíos llenaban los muros
    con un solo corazón de paloma
    por el que todos querían escapar.
    Las niñas de Cristo cantaban y las judías miraban la muerte
    con un solo ojo de faisán,
    vidriado por la angustia de un millón de paisajes.

    Los médicos ponen en el níquel sus tijeras y guantes de goma
    cuando los cadáveres sienten en los pies
    la terrible claridad de otra luna enterrada.
    Pequeños dolores ilesos se acercan a los hospitales
    y los muertos se van quitando un traje de sangre cada día.

    Las arquitecturas de escarcha,
    las liras y gemidos que se escapan de las hojas diminutas
    en otoño, mojando las últimas vertientes,
    se apagaban en el negro de los sombreros de copa.

    La hierba celeste y sola de la que huye con miedo el rocío
    y las blancas entradas de mármol que conducen al aire duro
    mostraban su silencio roto por las huellas dormidas de los zapatos.

    El judío empujó la verja;
    pero el judío no era un puerto.
    y las barcas de nieve se agolparon
    por las escalerillas de su corazón:
    las barcas de nieve que acechan
    un hombre de agua que las ahogue,
    las barcas de los cementerios
    que a veces dejan ciegos a los visitantes.

    Los niños de Cristo dormían
    y el judío ocupó su litera.
    Tres mil judíos lloraban en el espanto de las galerías
    porque reunían entre todos con esfuerzo media paloma,
    porque uno tenía la rueda de un reloj
    y otro un botín con orugas parlantes
    y otro una lluvia nocturna cargada de cadenas
    y otro la uña de un ruiseñor que estaba vivo;
    y porque la media paloma gemía,
    derramando una sangre que no era la suya.

    Las alegres fiebres bailaban por las cúpulas humedecidas
    y la luna copiaba en su mármol
    nombres viejos y cintas ajadas.
    Llegó la gente que come por detrás de las yertas columnas
    y los asnos de blancos dientes,
    con los especialistas de las articulaciones.
    Verdes girasoles temblaban
    por los páramos del crepúsculo
    y todo el cementerio era una queja
    de bocas de cartón y trapo seco.
    Ya los niños de Cristo se dormían
    cuando el judío, apretando los ojos,
    se cortó las manos en silencio
    al escuchar los primeros gemidos.




    New York, 18 de enero de 1930. El presente poema pertenece al capítulo Vuelta a la ciudad, dedicado a Antonio Hernández Soriano, del libro Poeta en Nueva York.



    2004-03-23 01:00 | 0 Comentarios


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